La actual crisis financiera de los EEUU es un fenómeno complejo que tiene múltiples causas. Como es de esperar, hay múltiples opiniones sobre el alcance, las causas y remedios de esta crisis. En relación alcance de la crisis, hay quienes predicen que se convertirá en una depresión similar a la de los años 30, y algunos (como el presidente venezolano Hugo Chávez) que incluso auguran, tal como Marx lo hizo hace 160 años, que el capitalismo está tocando a su fin.

Si bien las opiniones que predicen un cataclismo del capitalismo como resultado de esta crisis son muy marginales, en relación a las causas de la crisis sí hay una corriente de opinión con gran cobertura en los medios, que sostiene que la causa de la crisis es la falta de regulación financiera, y que por lo tanto su solución consiste en aumentar de manera sensible la regulación de las empresas financieras. En esta corriente de opinión se encuentran economistas neo-keynesianos y críticos de la liberalización financiera como Joseph Stiglitz o Paul Krugman, inversionistas como George Soros, e incluso el actual presidente del FMI Dominic Strauss-Kahn.

A pesar de la eminencia de muchos de sus proponentes (entre los cuales hay por lo menos dos premios Nóbel – Stiglitz y Krugman), esta tesis no es universalmente aceptada. Existe un número importante de economistas que difieren de esta tesis y que sostienen que la desregulación financiera no fue la causa del problema.

Del análisis de los comentarios de estos observadores, mi conclusión personal es que la crisis no fue causada por la desregulación, sino por una política monetaria irresponsable e insosteniblemente expansiva, que ha hecho que los ciudadano se endeuden más allá de sus posibilidades y que los bancos presten más allá de lo prudente, por una presión gubernamental que erosionó los estándares de crédito, en parte a través de Fannie Mae y Freddie Mac, y que fue agravada por nuevas regulaciones como Basilea II y las normas de ‘Fair Value Accounting’. Si a eso se le añade un oligopolio creado por el estado de agencias calificadoras de riesgo, y una metodología de medición del riesgo que no estaba preparada para lidiar con los nuevos y exóticos derivativos financieros, se crean todas las condiciones para la aparición de una ‘tormenta perfecta’. De esta manera, lo que se nos presenta como una crisis causada por una desregulación irresponsable es en realidad una crisis causada y agravada por intervenciones erróneas del estado, muchas de ellas con las mejores intenciones.

Si este diagnóstico es cierto, entonces la solución no es incrementar de forma masiva la regulación financiera, sino atacar las causas fundamentales de la crisis, reformando la política monetaria para ponerla al margen de la manipulación demagógica de los políticos, privatizando de manera total a Fannie Mae y Freddie Mac, eliminando los privilegios de las calificadoras de riesgo ‘oficiales’, y aumentando la transparencia de las transacciones crediticia simplificando los requerimientos documentales. A esto quizá sea conveniente añadirle ciertas regulaciones puntuales, como por ejemplo exigir el establecimiento de cámaras de compensación para los instrumentos de transferencia de riesgo. Pero la regla, para evitar la crisis en el futuro, es racionalizar una regulación que ya de por sí es bastante complicada – no aumentarla.

Lamentablemente, los Estados Unidos parecen estar tomando un camino contrario al recién descrito. El plan de rescate, el subsiguiente anuncio de la compra por parte del estado de acciones en los nueve bancos más importantes del país, y el mantenimiento de la política monetaria expansiva, el cual parece que irá más allá de la estabilización de los mercados, sólo corren la arruga, y presentan el peligro de empeorar o por lo menos alargar la duración de los efectos de la crisis. En el centro de esta crisis está el hecho de que el estado ha creado un bienestar artificial promoviendo el endeudamiento hasta niveles insostenibles. Lo ha hecho porque tanto empresas como individuos parecen haberse acostumbrado a vivir más allá de sus medios, y no tienen ninguna tolerancia ni siquiera a una desaceleración de la economía. Pocos economistas, y quizá ningún político (con la posible excepción de Ron Paul) se plantean que si el país ha estado viviendo más allá de sus posibilidades, un ajuste puede ser necesario, o incluso inevitable.

En los siguientes artículos intentaré justificar las opiniones recién expuestas. En ellos, intento apoyar mis argumentos en opiniones expertas.

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