julio 2009


En un artículo anterior [1] sostuve que el capitalismo es el único sistema económico moral, en el sentido que es el único sistema que puede surgir cuando el estado se ubica en relación óptima con la moral, al dedicarse a defender los derechos de los individuos bajo un marco de igualdad ante la ley.

Este argumento es apoyado por la evidencia histórica: El capitalismo surgió en Holanda e Inglaterra en los siglos XVII y XVIII como resultado de cambios institucionales que tuvieron el efecto de proteger la propiedad y la libertad. En el caso de Inglaterra, estos cambios incluyeron al llamado “Statute of Tenures” (1660), que dio punto final a la institución de la servidumbre, la cual había declinado en los siglos anteriores; el “Statute of Monopolies” (1624) que por un lado abolió los monopolios de los gremios medievales y otros monopolios otorgados por patente real, y por otro creó un sistema de protección a la propiedad intelectual; la incorporación en el “common law” de provisiones para la protección de la propiedad privada [2]; y, significativamente, el aseguramiento de los derechos individuales y la sujeción de la corona a la ley mediante el “Bill of Rights”(1689). Gracias a estos y a otros cambios, al final del siglo XVII habían sido creadas todas las precondiciones institucionales necesarias para el surgimiento del capitalismo, y como resultado, Inglaterra estaba experimentando un crecimiento económico sostenido que se extendería en el siglo XVIII con la aparición de la Revolución Industrial [3].

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Los pueblos son capaces de soportar sin rebelarse y sin murmurar grandes errores de sus gobernantes, muchas leyes injustas y molestas y todos los deslices a que está expuesta la fragilidad humana. Pero no es de admirarse que, si una larga cadena de abusos, prevaricaciones y maquinaciones, encaminadas todas al mismo fin, descubren al pueblo cuál es ese fin, y el pueblo no puede menos de ver lo que se le viene encima y a dónde se le lleva, no es de admirar, digo, que ese pueblo se levante y trate de poner el gobierno en manos que puedan asegurarle el cumplimiento de las finalidades para las que fue establecido. Porque, si esas finalidades no se cumplen, nada se gana con regímenes antiguos y formas de gobierno que parecen magníficas, sino que, por el contrario, son mucho peores que el estado natural de pura anarquía

John Locke – Segundo Tratado Sobre el Gobierno Civil (1689)

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