En un artículo anterior [1] sostuve que el capitalismo es el único sistema económico moral, en el sentido que es el único sistema que puede surgir cuando el estado se ubica en relación óptima con la moral, al dedicarse a defender los derechos de los individuos bajo un marco de igualdad ante la ley.

Este argumento es apoyado por la evidencia histórica: El capitalismo surgió en Holanda e Inglaterra en los siglos XVII y XVIII como resultado de cambios institucionales que tuvieron el efecto de proteger la propiedad y la libertad. En el caso de Inglaterra, estos cambios incluyeron al llamado “Statute of Tenures” (1660), que dio punto final a la institución de la servidumbre, la cual había declinado en los siglos anteriores; el “Statute of Monopolies” (1624) que por un lado abolió los monopolios de los gremios medievales y otros monopolios otorgados por patente real, y por otro creó un sistema de protección a la propiedad intelectual; la incorporación en el “common law” de provisiones para la protección de la propiedad privada [2]; y, significativamente, el aseguramiento de los derechos individuales y la sujeción de la corona a la ley mediante el “Bill of Rights”(1689). Gracias a estos y a otros cambios, al final del siglo XVII habían sido creadas todas las precondiciones institucionales necesarias para el surgimiento del capitalismo, y como resultado, Inglaterra estaba experimentando un crecimiento económico sostenido que se extendería en el siglo XVIII con la aparición de la Revolución Industrial [3].

Las innovaciones institucionales que permitieron la aparición del capitalismo estuvieron orientadas a defender una esfera de derechos individuales bajo un ambiente de igualdad ante la ley. Por ejemplo, los razonamientos legales de Edward Coke frecuentemente se basaban en el reconocimiento de la autonomía de cada ser humano, y con ella, en la aceptación de que cada ser humano tiene el derecho a labrarse su propio bienestar a su propia manera. En otras palabras, estas innovaciones tuvieron, por lo menos parcialmente, una motivación moral. Felizmente, estas innovaciones facilitaron un nivel de  eficiencia económica sin precedentes en la historia de la humanidad que permitió que millones de personas salieran de la pobreza y que literalmente transformó al mundo.

Esta feliz coincidencia entre moral y eficiencia económica sugiere la existencia de una relación muy profunda entre ambos conceptos, relación que parece haber sido ignorada por los economistas, o por lo menos por los economistas modernos. Cabe preguntarse, ¿por qué es que los arreglos institucionales que nos parecen más morales resultan en una mayor eficiencia económica? ¿Es esa coincidencia únicamente una casualidad? ¿Es que derivamos nuestros conceptos de moralidad precisamente de la observación que ciertas reglas resultan en una mayor eficiencia, es decir, seleccionamos nuestras normas morales por un proceso utilitario? ¿O es la moralidad apenas una ilusión inventada por nuestras mentes para justificar el status quo?

Una posible respuesta a esta pregunta la formuló Marx al sugerir que la moral de una época (en este caso, de la época capitalista) es parte de la “superestructura” que se produce para justificar las relaciones de producción creadas para permitir una organización económica eficiente de acuerdo a los métodos de producción de cada época. Sin embargo, la explicación de Marx sufre de un error fatal: Los métodos de producción del capitalismo no precedieron sino que sucedieron a la creación de las instituciones del siglo XVII inglés, de manera que la máquina de vapor, la cual en palabras de Marx originó al capitalismo de la misma manera que el molino de agua originó el feudalismo, no fue una causa de la moral y las instituciones capitalistas sino un resultado de la misma.

De esta manera, la interrogante sobre la explicación de la relación entre moral y eficiencia económica permanece.

En mi opinión, esta relación se debe a que, si como premisa moral aceptamos que cada ser humano tiene el derecho a labrarse su propio bienestar a su propia manera, es necesario que también aceptemos que cada persona debe recibir íntegramente tanto los beneficios como los costos de sus propias acciones. En este sentido, el derecho a labrase el bienestar propio de manera autónoma no sólo hace impermisible que una persona perjudique a otra con sus acciones, sino que, de manera simétrica, implica que cada persona tiene el derecho de capturar íntegramente los beneficios de sus acciones. Así, la premisa moral que hemos expuesto necesariamente desemboca en lo que los economistas llaman la “internalización de externalidades”.

El hecho que la premisa moral del derecho a la búsqueda del bienestar propio sin violar ese mismo derecho en los demás tenga como consecuencia la internalización de externalidades es justamente el enlace que buscamos entre moralidad y eficiencia económica. Hay una gran cantidad de evidencia tanto teórica como histórica que indica que la internalización de externalidades está profundamente asociada a esta eficiencia. Desde el punto de vista teórico, el llamado “primer teorema fundamental de la economía del bienestar”, de Arrow y Debreu, establece que  en ausencia de externalidades, y en presencia de información simétrica, el mercado es eficiente, en el sentido que decisiones independientes que maximicen los beneficios individuales, maximizan también los beneficios colectivos (o, en la terminología de los economistas, resultan en una distribución “eficiente en el sentido de Pareto”) [4]. Similarmente, el llamado “Teorema de Coase” establece que, en la medida que sea factible establecer esquemas para internalizar externalidades, los actores económicos podrán llegar a un estado de eficiencia. Y, desde el punto de vista histórico, el trabajo de los “nuevos historiadores económicos” ha establecido que el surgimiento del capitalismo en Inglaterra se dio justamente como resultado de la internalización de externalidades que, al hacer a la tasa individual de retorno igual a la tasa social de retorno, incentivó la creatividad y la eficiencia económica de una manera sin precedentes en la historia de la humanidad [5]. Así, la regla moral según la cual cada persona tiene que recibir íntegramente los beneficios y los costos de sus acciones es la misma regla moral que, al ser observada por la mayoría de la población y asegurada por las instituciones, permite maximizar la eficiencia económica.

La discusión anterior tiene otra arista que merece ser mencionada: No sólo la eficiencia económica se produce como resultado de la institucionalización de reglas morales, sino que la observación e institucionalización de dichas normas morales, en particular del cumplimiento de la norma moral que prohíbe apropiarse de la propiedad ajena, es una condición necesaria para que el mercado opere eficientemente [6]. Así, en condiciones de anarquía amoral, la eficiencia económica es imposible, pues los agentes, al no tener barreras morales o institucionales que lo impidan, terminan capturando los beneficios producidos por otros a una gran escala, con lo cual resulta imposible internalizar externalidades. Y, aún si existen instituciones diseñadas para proteger la propiedad, la eficiencia económica sólo se puede lograr en la medida que la gran mayoría de la sociedad reconozca y respete los derechos ajenos. De otra manera, los costos asociados a la protección de dichos derechos se hacen muy altos y se crea una ineficiencia económica.

Toda esta discusión pone de manifiesto que, al contrario de lo que sostienen los antiliberales, el liberalismo es una doctrina primordialmente moral. Los creadores de la doctrina liberal tanto en el campo legal como en el filosófico, hombres como Coke y Blackstone o como Locke, Smith y Mill, apoyaron sus conclusiones normativas en argumentos morales. Para ellos, el respeto a la libertad y la propiedad ajena era un imperativo moral que debía ser obedecido por todos los hombres y asegurado por el estado, porque cada hombre tiene un derecho a labrarse su propio bienestar a su propia forma. Gracias al legado de estos grandes hombres y de sus sucesores, la humanidad ha gozado de una libertad y una prosperidad que en su época habría resultado inimaginable.

Las reflexiones anteriores aclaran las preguntas planteadas hasta cierto punto: La moral no es, como lo sostiene el marxismo, una ilusión creada por nuestra conciencia de clase. Y la coincidencia entre moral y eficiencia económica no es casual, sino que la eficiencia económica es un resultado de la moral. Pero estas reflexiones distan mucho de agotar el tema. Si nuestras ideas morales son el origen y no la causa de la eficiencia económica, queda aún por establecer cuál es el origen de las ideas morales. ¿Son esas ideas morales el resultado de un proceso evolutivo, tal como lo describió Hayek en “The Fatal Conceit”, según el cual los grupos sociales que han sobrevivido y prosperado son precisamente los grupos que adoptaron las normas morales más cónsonas con la eficiencia económica? ¿O es que hay en la humanidad una idea innata de moralidad, quizá resultante de una influencia divina? Quizá nunca lo sabremos, pero para este liberal accidental que, aunque fue educado en el catolicismo, durante muchos años se ha considerado agnóstico, las posibilidades son, por lo menos, estimulantes.

Notas:

[1] https://liberalaccidental.wordpress.com/2009/06/11/capitalismo-liberalismo-y-moralidad/

[2] Buena parte de estos desarrollos se deben al trabajo de Edward Coke, quien es posiblemente el jurista más influyente en la tradición inglesa y americana. Coke promovió la defensa de la propiedad privada tanto en sus escritos jurídicos como en sus decisiones judiciales. Por ejemplo, en su interpretación del Capítulo 29 de la Carta Magna, Coke escribió:

“No Freeman shall be taken or imprisoned, or be disseised of his Freehold, or Liberties, or free Customs, or be outlawed, or exiled, or any other wise destroyed; nor will We not pass upon him, nor condemn him, but by lawful judgment of his Peers, or by the Law of the Land. We will sell to no man, we will not deny or defer to any man either Justice or Right.”

Edward Coke –  Institutes, Segunda Parte

La parte resaltada constituye una garantía de respeto a la propiedad: A ningún hombre se le puede confiscar su propiedad a menos que se haga mediante un juicio justo y de acuerdo a la ley.

Coke también fue instrumental en la promoción de la idea de la supremacía de la ley “Magna Carta is such a fellow that he will have no Sovereign”

[3] Ver Douglass North y Robert Paul Thomas “The Rise of The Western World”

[4] Para una explicación más detallada sobre los supuestos de carácter moral que subyacen en elprimer teorema fundamental de la economía del bienestar, se recomienda leer a Walter J. Schultz. The Moral Conditions of Economic Efficiency.

[5] Leer a North y Thomas, Op. Cit. [3]

[6] Leer a Schlutz, Op. Cit [5]. Adicionalmente, el mismo Adam Smith, en The Theory of Moral Sentiments, reconoció que  “sin la moral, la mano invisible es insuficiente”

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