Los acontecimientos de Túnez, Egipto, Libia, Bahrein e Irán tienen un carácter contradictorio. Por un representan la esperanza en la democratización de una importantísima región del mundo, esperanza por la cual centenas de miles de jóvenes están arriesgando sus vidas. Por otro lado, estos acontecimientos traen consigo el riesgo de la implantación de regímenes fundamentalistas o incluso de una teocracia pan-regional.

Es de preguntarse qué pensaría el fallecido politólogo Samuel P. Huntington sobre lo que está pasando en el Medio Oriente. Él escribió varias obras que cobran relevancia en relación a los acontecimientos actuales. De sus muchos libros, el que ha recibido más atención en los últimos años es ‘The Clash of Civilizations’ (1997), que, en la medida que existe el riesgo de que estos países sean capturados por el fundamentalismo, ciertamente tiene que ver con lo que está pasando. No obstante, frente a estos acontecimientos también son relevantes “Political Order in Changing Societies” (1968) y “The Third Wave of Democratization” (1991). Lo interesante, es que la relevancia de estas obras vis-a-vis los acontecimientos actuales es contradictoria. Como los que protestan en el medio oriente aparentemente buscan la democratización y el respeto a los DDHH, conceptos pertenecientes al ámbito de la democracia liberal, que según Huntington 1997 no tiene cabida en las sociedades del medio oriente, los acontecimientos actuales parecen refutar a este Huntington de 1997. Por otro lado, estos mismos acontecimientos parecen apoyar lo escrito en Huntington 1968 sobre la tendencia a la democratización causada por ciertos fenómenos que van de la mano con el desarrollo económico, fenómenos como la urbanización y el aumento del nivel educativo. Así, los acontecimientos actuales parecen validar a Huntington 1968 y refutar a Huntington 1997. Pero….si los extremistas toman el poder, pudiera ser que Huntington 1997 se validase.

Lo que está en marcha en el Medio Oriente también tiene que ver con lo escrito por Francis Fukuyama en “El Fin de la historia y el último hombre”. La tesis de este libro es que no hay alternativa en el mundo actual a la democracia liberal, que los pueblos – independientemente de su cultura – tienen, todos, una aspiración por la dignidad, y que nada satisface esa aspiración como el ideal de la democracia liberal. Por lo tanto, todos los pueblos aspiran a vivir en este orden político, y de ahí su supuesta ‘inevitabilidad’. Yo no necesariamente compro la parte de la ‘inevitabilidad’ – pero nuevamente, el hecho que los jóvenes que protestan lo hagan pidiendo una democratización que durante décadas se ha dicho es ajena a su cultura y a su religión, tiende a apoyar el resto del argumento de Fukuyama.

De cualquier forma, es muy temprano para hacer juicios, pues no sabemos lo que pasará. De lo que sí estoy seguro es que estamos viendo a la historia hacerse frente a nuestros ojos. Dependiendo del nivel de organización relativo de los distintos grupos sociales enfrentados, esto pudiera salir muy bien o muy mal. Pudiera convertirse en una ‘cuarta ola’ de democratización (que continuase a la ‘tercera ola’ descrita por el mismo Huntington en 1991), o pudiese convertirse en el núcleo para la formación de una teocracia pan-regional. Nuevamente, Huntington 1968 (o 1991) contra Huntington 1997. Dependiendo de cuál de los Huntington gane, el mundo cambiará en una u otra dirección.

Por el momento, pareciera que la tendencia mayoritaria de la gente es en la dirección de la democratización, y esto ciertamente parece apoyar la tesis de Fukuyama. Las fuerzas de la globalización, entre ellas la disponibilidad de tecnologías que ponen al alcance de cualquier persona lo que está ocurriendo en cualquier parte del mundo, parece haber causado un quiebre generacional, una aspiración compartida independientemente del bagaje cultural, tendiente a la democratización y al respeto a los derechos humanos.
Sin embargo, la gran duda actual es sobre el nivel de organización relativo de los diferentes grupos sociales. Los grupos de tendencia teocrática están muy bien organizados por el simple hecho de que su organización ha nacido de la misma organización religiosa, porque tienen décadas en formación, y porque tienen el apoyo de grupos más radicalizados a nivel regional, grupos que tienen know how y capacidad de movilización. Por eso, aunque creo que esos grupos no son mayoritarios, sí hay un riesgo de que gracias a su mejor organización logren tomar el poder. Nos engañaríamos si pensáramos que una minoría bien organizada no puede tomar el poder a pesar de no tener el apoyo de la mayoría. Siguiendo a Mancur Olson (La Lógica de la Acción Colectiva), tenemos que admitir que grupos pequeños bien organizados pueden tener una ventaja sobre grupos más grandes pero peor organizados.

Es más, creo que es razonable suponer que si no fuese gracias a las nuevas herramientas de redes sociales como Facebook y Twitter, la protesta hubiese sido imposible o por lo menos mucho más difícil – las mayorías no hubiesen podido resolver el problema de la acción colectiva, a pesar de su desagrado por el orden político existente. La Internet ha sido sin duda un protagonista al facilitar la organización de la protesta, pero la capacidad de este medio también tiene límites. Por eso pienso que el nombre del juego ahora es la organización de las fuerzas democráticas. Eso debe estar ocurriendo en este mismo momento, lejos de nuestra vista, de manera seguramente caótica. Del éxito de estos esfuerzos podría depender el futuro de la región como un todo.

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