Socialismo


El marxismo es sin duda una religión. Como toda forma inferior de la vida religiosa, ha sido continuamente usada, para usar la adecuada frase del mismo Marx, como un opio de los pueblos

 Simone Weil – Citada por Raymond Aron en “El Opio de los Intelectuales”

El reciente hallazgo de decenas de miles de toneladas de alimentos importados por PDVAL en estado de descomposición ha generado una reacción típica dentro del chavismo: Se ha culpado al responsable de PDVAL de ser un ‘enemigo del proceso’, un ‘infiltrado’, una ‘ficha de la derecha’.

 Estas reacciones son completamente previsibles, dada la creencia, muy extendida en el chavismo, de lo que podríamos llamar ‘el mito del enemigo interno’. Según los chavistas, todo lo malo que ocurre en ‘el proceso’ es producto de la derecha endógena, de los enemigos internos, de los infiltrados de la oposición. De manera consistente con el maniqueísmo propio de los movimientos caudillistas, el chavista piensa que todo lo bueno proviene de la revolución, y que todo lo malo, por definición, es contrario a la revolución y por lo tanto no puede nacer de la revolución.

 Estas reacciones traen a la memoria a “El Opio de los Intelectuales”, aquella polémica que en 1955 publicó el gran intelectual francés Raymond Aron y en la que desnudó los mitos que sostenían la creencia que muchos intelectuales supuestamente humanistas tenían en el comunismo, a pesar de la abrumadora evidencia de su carácter tiránico y criminal. En este sentido, y siendo el chavismo un heredero – si no el principal heredero – del pensamiento socialista en el siglo XXI, no sorprenden las similitudes entre las creencias socialistas de mediados del siglo XX y las creencias chavistas de hoy.

El mito del enemigo interno es un recurso propagandístico muy conveniente, pues ofrece a una explicación que es al mismo tiempo psicológicamente tranquilizadora y universalmente aplicable a cualquier realidad que ponga en tela de juicio la eficacia, la justicia, o cualquiera de las supuestas bondades de la revolución. Al aceptar el mito del enemigo interno como parte integral de su credo revolucionario, el chavista no tiene que esforzarse para entender las razones por las cuales medidas supuestamente preñadas de nobles objetivos terminan teniendo resultados desastrosos. En consecuencia, puede decirse que el mito del enemigo interno es por un lado la renuncia al análisis y la autocrítica, y por otro la vía segura para calmar la conciencia revolucionaria. Junto con la creencia en la inevitabilidad histórica de la revolución, en el colapso imparable del capitalismo, el mito del enemigo interno es el mecanismo ideal para hacer a la ideología revolucionaria refractaria a los hechos, y por tanto para mantener la cohesión de los fieles. Estas creencias complementarias – la de la inevitabilidad histórica de la revolución y la del enemigo interno – son, parafraseando a Marx y a Aron, el opio de los revolucionarios.

Si no existiera el mito del enemigo interno, al chavista no le quedaría otra opción que pensar, seriamente, por qué medidas supuestamente progresistas terminan teniendo un impacto generalmente contrario al buscado. En ese caso, ninguna de las respuestas viables le resultaría agradable. Si se niega la existencia del infiltrado, un fracaso notorio sólo puede deberse a la incompetencia o a la corrupción. Y lo que es peor, se debería aceptar que la incompetencia y la corrupción pueden existir dentro de la revolución o incluso – horror de horrores – que pueden causadas por la revolución, es decir, que pueden ser consecuencia inevitable de las prácticas “revolucionarias”.

Desde luego, esta última opción es en realidad la causa de los malos resultados de la revolución. Cuando se pierden decenas de miles de toneladas de alimentos, cuando se paralizan todas las turbinas de una central termoeléctrica, cuando se encuentran enormes corruptelas, no es por la existencia de ningún ‘enemigo interno’ – es simplemente porque el gobierno le asigna un poder y una discrecionalidad extraordinaria a infinidad de funcionarios medios que operan sin ningún control. En esas condiciones, la corrupción será generalizada a no ser que la administración pública esté poblada por santos.

El razonamiento del párrafo anterior es sin duda ajeno al buen revolucionario. Por lo tanto, frente a hechos incómodos, frente a evidencias condenatorias, de él no cabe esperar rectificaciones, sino, por el contrario, un mayor celo revolucionario. El opio de los revolucionarios es infalible: No sólo extingue la autocrítica y acalla las conciencias, sino que reafirma la fe del creyente, aviva y renueva su voluntad de lucha. Si la fe en la llegada inexorable de la revolución es la Dulcinea del Quijote Revolucionario, que lo anima a la larga y amarga lucha, el mito del enemigo interno son los molinos de viento que una y otra vez embiste, contra los que una y otra vez se golpea sin que ello lo haga despertar de su alucinación.

Por desgracia, es mucho lo que falta para que la ley esté encuadrada dentro de su papel. Ni siquiera cuando se ha apartado de su misión, lo ha hecho solamente con fines inocuos y defendibles. Ha hecho algo aún peor: Ha procedido en forma contraria a su propia finalidad; ha destruido su propia meta; se ha aplicado a aniquilar aquella justicia que debía hacer reinar; a anular, entre los derechos, aquellos límites que era su misión hacer respetar; ha puesto la fuerza colectiva al servicio de quienes quieran explotar, sin riesgo y sin escrúpulos, la persona, la libertad o la propiedad ajenas; ha convertido al robo, para protegerlo, en derecho y la legítima defensa en crimen, para castigarla.

 Frédéric Bastiat – La Ley

 

La reciente invasión de las tierras de los padres de la periodista Valentina Quintero y la historiadora Inés Quintero ha generado considerable discusión sobre el tema de las invasiones y su causa. Hay quien dice, de manera llana y simple, que las invasiones son apenas la obra de delincuentes, personas que gracias a su pereza (‘flojera’ en argot venezolano)  son dadas a apropiarse de lo ajeno. Desde luego, no les falta razón: En tanto que estas invasiones son actos delictivos, sus autores se convierten en delincuentes. Sin embargo, parar el análisis ahí deja sin contestar la pregunta principal: Ladrones e invasiones han existido toda la vida, pero nunca en la escala que se puede ver en la actualidad, por lo cual el auge de estos hechos no puede ser explicado por una simple apelación al carácter delictivo de sus autores.

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Uno de los argumentos más usados por los críticos de la globalización es que en las últimas décadas la pobreza mundial ha aumentado, al tiempo que los pobres se han hecho más pobres y los ricos más ricos. Estos críticos, los cuales incluyen a afamados comentaristas como Noam Chomsky [3], así como a una gran variedad de periodistas, políticos y bloggers, promueven una agenda anti-globalizadora e intervencionista, cuando no abiertamente proteccionista. Como soporte a sus tesis, estos críticos se refieren a estadísticas publicadas por agencias multilaterales como el Banco Mundial y el PNUD, las cuales muestran un incremento en el número de personas que viven en la pobreza así como un incremento en la desigualdad de ingresos a nivel global [1].

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En lugar de ser mejor, es peor que el fascismo; más despiadado, bárbaro, injusto, inmoral, antidemocrático e irredento por cualquier esperanza o escrúpulo…la mejor manera de describirlo es como un superfascismo.

Max Eastman – antiguo amigo personal de Lenin, refiriéndose al estalinismo, en “La Rusia de Stalin y la crisis del Socialismo”
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La evidencia histórica habla con voz clara sobre la relación entre la libertad política y el libre mercado. No conozco ejemplo en ningún tiempo o lugar de una sociedad que haya tenido una amplia libertad política y que no haya tenido algo comparable al libre mercado para organizar la mayoría de su actividad económica

Milton Friedman – “Capitalismo y Libertad”
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